Amarás al señor tu dios, sobre todas las cosas


La predicación del Señor Jesús está llena de frases paradójicas y desconcertantes, así nos habla de “los primeros que se hacen últimos”, y de que “los pequeños son los realmente grandes”. En esta ocasión Je- sucristo nos anima a perder la vida por su causa a fin de ganarla. Ni los vínculos familiares, ni el prestigio social o la vida misma, son más importantes, que mantenerse fiel al amor desmedido que Dios nos ha mostrado en su hijo Jesús. Vivir en esta forma aparentemente poco razonable desde la lógica humana, no parece posible. Solamente, como nos recuerda san Pablo en la carta a los Romanos, quien haya muerto a sí mismo, uniéndose a Cristo muerto y resucitado, podrá vivir para Dios. Ser cristiano es vivir para Dios. Desde esa certidumbre sí es posible per- der la vida por causa del Señor Jesús. Así mismo, el obispo Rafael Valdez Torres mencionó al respecto en su homilía dominical:

“Muy queridos hermanos y hermanas: este final del capítulo décimo del Evangelio de san Mateo, que es el capítulo misionero en el que nuestro Señor Jesucristo envía a sus discípulos a la misión y ha resaltado distintos aspectos como lo hemos reflexionado los domingos anteriores. Hoy nos presenta la parte final de ese capítulo y nos dice dos cosas importantes que debe tener el discí pulo misionero, así sea el padre de familia, la madre de familia, el hijo, el hermano, todo seglar, todo consagrado, toda consagrada, todo discípulo del Señor.

Lo primero es el vínculo referencial, que debemos tener hacia Él, ha cia nuestro Señor Jesucristo, el que ama a su padre, a su madre, a su hijo, a su hija más que a mí, no es digno de mí. Parecería como si el Señor dijera no quieras a tu familia, ¡No! Recordemos que el primer mandamiento es: Amarás al Señor tu Dios sobre todas las cosas y ahí están incluidas las personas. No es que rechaces a tu familia o la debas rechazar ¡No!, el vínculo más fuerte que la consanguinidad como persona, como obra de la creación debe ser Dios.

Donde hay amor está Dios y donde está Dios no falta nada, si te preocupa mucho tu familia, tu padre, tu madre, tu hijo, tu hija, acércate a Dios, si quieres amar de veras a tus consanguíneos acércate a Dios para que aprendas de Él lo que es amar y no tener interés.

El discípulo de nuestro Señor Jesucristo debe tener un vínculo muy fuerte con Él, más fuerte que todo vínculo posible con las cosas personales, con las personas, con los consanguíneos y con el mundo y sus intereses. Y equipara ese vínculo con el cargar con la cruz: si alguno no carga con su cruz, no es digno de mí. Porque nadie que sea irresponsable puede ser discípulo del Señor, no se puede vivir en la doblez, no se puede vivir aparentando con Dios. Él nos conoce, Él sabe que hay en el interior de cada uno de nuestros corazones. Esta parte final del capítulo décimo parece como remachar todo aquello que ha enseñado y pedido para ser discípulos.

Renovación eclesial


Llamados al seguimiento de Jesucristo

Dios Padre sale de sí, por así decirlo, para llamarnos a participar de su vida y de su gloria. Mediante Israel, pueblo que hace suyo, Dios nos revela su proyecto de vida. Cada vez que Israel buscó y necesitó a su Dios, sobre todo en las desgracias nacionales, tuvo una singular experiencia de comunión con Él, quien lo hacía partícipe de su verdad, su vida y su santidad. Por ello, no demoró en testimoniar que su Dios –a diferencia de los ídolos- es el “Dios vivo” (Dt 5, 26) que lo libera de los opresores (cf. Ex 3,10), que perdona incansablemente (cf. Ex 34,6; Eclo 2,11), y que restituye la salvación perdida cuando el pueblo, envuelto “en las redes de la muerte” (Sal 116, 3), se dirige a Él suplicante (cf. Is 38,16). De este Dios –que es su Padre- Jesús afirmará que “no es un Dios de muertos, sino de vivos” (Mc 12,27).

En estos últimos tiempos, nos ha hablado por medio de Jesús su Hijo (Hb 1, 1 ss), con quien llega la plenitud de los tiempos (cf. Gal 4,4). Dios, que es Santo y nos ama, nos llama por medio de Jesús a ser santos (cf. Ef 1,4-5). El llamamiento que hace Jesús, el Maestro, conlleva una gran novedad. En la antigüedad, los maestros invitaban a sus discípulos a vincularse con algo trascendente, y los maestros de la Ley les proponían la adhesión a la Ley de Moisés. Jesús invita a encontrarnos con Él y a que nos vinculemos estrechamente a Él, porque es la fuente de la vida (cf. Jn 15, 5-15) y sólo Él tiene palabras de vida eterna (cf. Jn 6,68). En la convivencia cotidiana con Jesús y en la confrontación con los seguidores de otros maestros, los discípulos pronto descubren dos cosas del todo originales en la relación con Jesús. Por una parte, no fueron ellos los que escogieron a su Maestro fue Cristo quien los eligió.

De otra parte, ellos no fueron convocados para algo (purificarse, aprender la Ley...), sino para Alguien, elegidos para vincularse íntimamente a su Persona (cf. Mc 1, 17; 2,14). Jesús los eligió para “que estuvieran con Él y enviarlos a predicar” (Mc 3,14), para que los siguieran con la finalidad de “ser de Él” y formar parte “de los suyos” y participar de su misión. El discípulo experimenta que la vinculación íntima con Jesús en el grupo de los suyos es participación de la Vida íntima salida de las entrañas del Padre, es formarse para asumir su mismo estilo de vida y sus mismas motivaciones (cf. Lc 6,40b), correr su misma suerte y hacerse cargo de su misión de hacer nuevas todas las cosas.