EL PÁRROCO ES EL PRIMER MISIONERO EN LA PARROQUIA


La misión y la evangelización se realiza por la acción del Espíritu Santo. Los sacerdotes, religiosos, religiosas, laicos, todo evangelizador es instrumento mediante el cuál actúa el Espíritu Santo para hacer llegar el mensaje de salvación. Y como dice San Juan Pablo II, la Nueva Evangelización “atañe a todo el Pueblo de Dios y pide un nuevo ardor, nuevos métodos, y nueva expresión para el anuncio y el testimonio del Evangelio, exige sacerdotes radical e integralmente inmersos en el misterio de Cristo y capaces de realizar un nuevo estilo de vida pastoral”(PDV 18). A esta exigencia, el Espíritu Santo responde con las palabras del profeta Jeremías: “Osdaré pastores según mi corazón”(Jr. 3, 15). En la actualidad el Señor continúa dando a su Iglesia pastores a ejemplo del Buen Pastor y llenos del Espíritu Santo para que reúnan, guíen, orienten, instruyan y santifiquen a su pueblo según el corazón de Dios. Si no fuera bajo la acción del Espíritu Santo cada pastor seguiría sus propios intereses y no los de Cristo el Buen Pastor.

El sacerdote en la Ordenación sacramental recibe al Espíritu Santo que lo configura de manera específica y sacramental a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, Cabeza y Maestro, Esposo y Pastor de la Iglesia. El sacerdote ordenado queda capacitado para actuar en nombre de Cristo y en la persona de Cristo. Así, en cada comunidad parroquial cuando se realiza la misión y la Evangelización, el sacerdote debe ir adelante, ungido por el Espíritu Santo y actuando en la persona de Cristo el Buen Pastor que guía, cura, busca, cuida y alimenta a sus ovejas.

La venida del Espíritu Santo so- bre los Apóstoles cambió la actitud que tenían, perdieron el miedo, se llenaron de celo apostólico, salieron a la misión olvidándose de todos los temores y cálculos humanos sobre las consecuencias de dar testimonio de las enseñanzas de su maestro, en otras palabras, dejaron que el Espí- ritu Santo actuara en sus personas permitiendo ser instrumentos del Consolador enviado por el Padre y el Hijo. Nuestra Diócesis en el pro- yecto misionero debe renovarse por la acción del Espíritu Santo para que, con su asistencia podamos realizar los proyectos de hacer llegar el Evan- gelio a todos, de suscitar el encuen- tro y diálogo sobre lo que el Señor Resucitado ofrece a sus discípulos.

+Rafael Valdez Torres Obispo de Ensenada

PEREGRINACIÓN EN REAL DEL CASTILLO


Por: Profra. Elvia Luz Terríquez

El pasado 14 de mayo, se llevó a cabo la peregrinación con motivo de las “vísperas de san Isidro labrador”, quien se ha convertido en patrono de todos los habitantes del valle de Real del Castillo.

En entrevista para periódico El Viñador el Pbro. Oscar José de Jesús Cabrera Montiel, comenta lo siguiente: “En esta fecha tan especial, hemos querido celebrar las “vísperas de san Isidro labrador”, quien fue nombrado patrono de los agricultores del mundo incluyendo también a todos los habitantes del valle de Real del Castillo. Debido a la gran necesidad que se tiene de agua y algunos elementos para seguir cultivando, todos nosotros elevamos nuestras oraciones para que sea él quien interceda ante Dios en favor de esta tierra. En este momento fui recibido por la familia Terríquez Ramírez, quienes generosamente donaron un terreno para construcción de la futura capilla. Pido a Dios que no les falte el pan y los colme de bendiciones”.

La nueva evangelización para la transmisión de la fe


En la escucha del Espíritu, que nos ayuda a reconocer comu- nitariamente los signos de los tiempos, del 7 al 28 de octubre de 2012 se celebró la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre el tema La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Allí se recordó que la nueva evangelización convoca a todos y se rea- liza fundamentalmente en tres ámbitos. En primer lugar, mencionemos el ámbito de la pastoral ordinaria, «animada por el fuego del Espíritu, para encender los corazones de los fieles que regularmente frecuentan la comunidad y que se reúnen en el día del Señor para nutrirse de su Palabra y del Pan de vida eterna». También se incluyen en este ámbito los fieles que conservan una fe católica intensa y sincera, expresándola de diversas maneras, aunque no participen frecuentemente del culto. Esta pastoral se orienta al crecimiento de los creyentes, de manera que respondan cada vez mejor y con toda su vida al amor de Dios. En segundo lugar, recordemos el ámbito de «las personas bautizadas que no viven las exigencias del Bautismo», no tienen una pertenencia cordial a la Iglesia y ya no experimentan el consuelo de la fe. La Iglesia, como madre siempre atenta, se empeña para que vivan una conversión que les devuelva la alegría de la fe y el deseo de comprometerse con el Evangelio.

Finalmente, remarquemos que la evangelización está esencialmente conectada con la proclamación del Evangelio a quienes no conocen a Jesucristo o siempre lo han rechazado. Muchos de ellos buscan a Dios secretamente, movidos por la nostalgia de su rostro, aun en países de antigua tradición cristiana. Todos tienen el derecho de recibir el Evangelio. Los cristianos tienen el deber de anunciarlo sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable. La Iglesia no crece por proselitismo sino «por atracción».

Juan Pablo II nos invitó a reconocer que «es necesario mantener viva la solicitud por el anuncio» a los que están alejados de Cristo, «porque ésta es la tarea primordial de la Iglesia». La actividad misionera «representa aún hoy día el mayor desafío para la Iglesia» y «la causa misionera debe ser la primera». ¿Qué sucedería si nos tomáramos realmente en serio esas palabras? Simplemente reconoceríamos que la salida misionera es el paradigma de toda obra de la Iglesia. En esta línea, los Obispos latinoamericanos afirmaron que ya «no podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos» y que hace falta pasar «de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera». Esta tarea sigue siendo la fuente de las mayores alegrías para la Iglesia: «Habrá más gozo en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse» (Lc 15,7).